Por Almudena Alegría.


Artèpolis es un proyecto personal que nace para pensar y divulgar sobre el patrimonio de Sevilla y Andalucía. Es un recorrido a través de sus historias para ponerlas en valor, enriquecer nuestra visión del pasado y así, comprender mejor nuestro presente.
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El viaje romántico.

Durante el siglo XIX van a darse una serie de cambios en lo que respecta al mundo del transporte, gracias al barco de vapor y al ferrocarril que van a hacer que evolucione exponencialmente el concepto de viaje. Si además unimos a este factor el interés propio del Romanticismo por conocer de otras culturas, nos encontramos con una verdadera revolución del fenómeno viajero, lo que muchos autores ven como los inicios del turismo.

Será entrando en el novecientos, en torno a los años veinte, cuando el viaje comience a asociarse en Europa con la diversión y el ocio. El viaje se comienza a convertir en un hábito social, experimentando hacia los años cuarenta un incremento considerable, donde cada vez hay personas más interesadas en viajar, es decir, viajeros de más diversa procedencia que ya no solo pertenecían al sector de la nobleza y la aristocracia. Si bien, el viaje seguía siendo costoso y eso excluía a la mayor parte de la sociedad.

En este periodo de intensificación del fenómeno viajero, que como ya se ha apuntado coincide con los ideales del Romanticismo, los viajeros empezaron a anunciar una revolucionaria concepción de la naturaleza, en la que los sentimientos y la imaginación ganarían espacio frente a los ideales academicistas. Ya no solo se buscaba instruir intelectualmente, sino que con el Romanticismo se impuso una nueva forma de pararse ante el mundo, un nuevo modo de contarlo. La mentalidad práctica se fue debilitando, y el viajero romántico dejará su impronta en la escena con sus muchísimas estampas literarias y pictóricas.

“No pretendo decir lo que las cosas son; cuento la sensación que me han producido”.

Henry Bayle, “Stendhal”.

España como destino para el viajero romántico.

En cuanto a los destinos, si Italia sería el país de referencia para el viajero ilustrado, a partir del Romanticismo, España se convierte en el destino de referencia para los viajeros europeos y americanos.

En estos momentos, muchas ciudades europeas están sufriendo una transformación a causa de la Industrialización, lo que amenazó las formas de vida tradicionales, y por ello, se revaloriza el sentido romántico de lo “auténtico”. España, al asumir los cambios generados por la Industrialización de forma más lenta, generaba un interés por parte de los viajeros en esa búsqueda por lo tradicional.

También el interés por lo exótico irá en aumento, lo que en España estaba asegurado por su carácter orientalizante debido a su etapa musulmana. Es así, que Andalucía se convierte en la región más “auténticamente española”, la más alejada de lo europeo.

El interés por lo oriental, en especial por lo árabe, generó una añoranza por el pasado, un interés que no podía cubrir la mayoría de los países europeos. Lo oriental más cercano se encontraba en España. Así, podemos encontrar algunos testimonios tan curiosos como el del viajero Alfred Vigny, el cual asegura que el hombre español es como un hombre de oriente, “un turco católico”.

Por su parte, las tradiciones y costumbres populares en muchas ocasiones eran interpretadas dentro de ese orientalismo que los españoles habían heredado de su pasado musulmán. De esta forma, nos encontramos escenas populares plasmadas por los viajeros donde aparecen tipos populares en escenarios de estética islámica.

Será aproximadamente en la década de 1850, cuando incrementa el interés de los viajeros por Andalucía, que se convierte en la región más “auténticamente española”, la más alejada de lo europeo. No es por lo tanto de extrañar que en el año 1872 la empresa de Thomas Cook organice su primer viaje a la Península Ibérica, siendo Andalucía la estancia más prolongada.

La creación de la estampa pintoresca de España.

Los viajeros que acudían a España, normalmente habían leído anteriormente otro libro de viajes antes de emprender el suyo propio. Era muy común la lectura de los pioneros viajeros románticos como por ejemplo David Roberts. Esto conlleva, entre otros factores, que el viajero se acerque a nuestro país con una mirada condicionad, por lo que muchas veces se muestra en sus relatos decepcionado por no haber cumplido expectativas.

No obstante, para entender la formación de esta imagen tenemos que remontarnos a tiempos anteriores al siglo XIX. Concretamente, en el siglo XVIII con la Ilustración, España fue retratada por el hombre ilustrado de forma peyorativa (siempre con excepciones). Esta imagen ilustrada, venía a su vez precedida por una serie de prejuicios con cierta carga de negatividad, concretamente a raíz de la Leyenda Negra, un movimiento iniciado en el siglo XVI, principalmente en Francia e Inglaterra, que pretendía desprestigiar al Imperio Español. Esta mostró a Europa a una sociedad española ignorante y supersticiosa.

En este contexto, los libros de viaje tuvieron una importancia capital en la difusión de ideas. Estos, por lo general, afirman esas leyendas y encuentran elementos que las justifiquen.

Si bien, será ya en el Romanticismo cuando la literatura de viaje refleje una nueva imagen de España, no necesariamente más real (ya que también estaba sujeta a ideas preconcebidas), pero sin esas connotaciones tan negativas, pues era precisamente en lo que la hacía diferente del resto de Europa, donde estos viajeros encontraban su fascinación.

Así, poco a poco, y a través de los libros de viaje, se va extendiendo por Europa Y EEUU una imagen de la “España pintoresca” en torno a unos tópicos que se han mantenido hasta nuestros días. En esta imagen ya no podían faltar escenarios de estética oriental y personajes como bandoleros o cigarreras.

Pero no sucede solo a la inversa, sino que este interés por los viajeros comienza a ahondar en la ciudadanía local, donde ciertas imágenes se convierten en un estereotipo que va a ser asumido como propio de cara al turismo externo.

Retrato en el estudio de Rafael Garzón en Córdoba.

Por ello, los relatos de viajes de este periodo suelen mostrar la confirmación de ideas preconcebidas o también la desilusión por no haber encontrado lo que buscaban. Un caso curioso que puede leerse en algunos relatos viajeros es cuando se lamentan de no haber tenido un “encuentro” con un bandolero.

“Un turista, en España, solo puede esperar llegar a entender algo de la vida compleja, extraña y de raíces atávicas que se encierra más debajo de los Pirineos. Este libro no pretende otra cosa que ser un registro de impresiones. Como tal, sean cuales sean sus errores, dará, cuando menos, testimonio del pintoresquismo, del encanto poético de la Península y de la galanura de las costumbres españolas”.

Katherine Lee Bates. Carreteras y Caminos de España (1900).

También llama la atención como muchos visitantes se limitan a visitar los lugares sobre los que han leído y, por lo tanto, de los que ya tienen formada una idea. Es decir, el viajero va a perseguir esos espacios señalados y tópicos, deseando convertirse en parte de la escena pintoresca.

John Phillip, 1853. Baile en un patio de vecinos.

Así, el viajero romántico, en su deseo de encontrar por sí mismo esas realidades, inventó nuevos tópicos e incorporó en sus relatos mitos, leyendas y estereotipos que aún sobreviven.

BIBLIOGRAFÍA:

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